
Tras un tiempo de espera, volvemos a visitar la casa de Ruediger para entrar de lleno en la zona más íntima de la vivienda. Se trata del salón principal y el dormitorio contiguo, un gran espacio en el que predominan los tonos blancos y en el que el protagonista absoluto es el techo, espectacular, decorado con una rica pintura con rojos y pan de oro. Los sofás blancos inmaculados se cierran en torno a la chimenea restaurada.
Esta está coronada por un espejo enmarcado por una moldura antigua de madera tallada, y situada entre dos vanos que dan acceso a una galería de la que hablaremos más adelante. Frente a la zona de reunión, encontramos un piano alemán con una antigüedad de más de 130 años, también restaurado.
Tras este gran salón, resguardado por una cortina encontramos el dormitorio principal, forrado en seda y con un cabezal de piel de búfalo. Este pequeño espacio íntimo también disfruta de un techo de ensueño, con colores algo más suaves que el del salón anejo. Las sedosas paredes se muestran desnudas de ornato, detalle que acentúa el ambiente de relax.

