
Me encantan las cocinas, pura deformación profesional, no lo puedo evitar… Y entre estas hay dos estilos que me encantan: por una parte me gustaría tener una cocina semiprofesional, con muebles de acero, grandes mesas metálicas en las que montar platos y platos, un grifo de pedal, y como estrellas, un enorme fogón de gas y una campana extractora muy potente. No pido nada, digo yo…
Y en el otro extremo, ocupan mis sueños esas cocinas encantadoras, a veces sin pies ni cabeza, que son fruto de la mezcla de elementos dispares. Por eso no pude dejar de fijarme en esta cocina, ubicada en una antigua fábrica de juguetes convertida en vivienda, que combina un fogón de porte antiguo con un moderno lavavajillas con frente de acero, así como un soberbio mueble de cajones de roble, procedente de una tienda de lencería, acompañado por un sobrio armario alto de puertas correderas, original de la fábrica.









