
Cuando me mudé a la casa en la que vivo, hace ya más de diez años, tuve claro que no quería instalar aire acondicionado. Total, para dos meses calurosos no quería realizar una instalación tan costosa, en cuanto a consumo energético y estética. Mi casa está orientada al oeste, y las tardes de verano se convierte en la niña de los ojos del sol, que no deja de cubrirnos con su manto de fuego. El primer año instalé un toldo que moderaba los rayos directos, pero todavía quedaba algo por hacer: aislar las ventanas con algún material amable y natural.
Desde el primer momento pensé en encargar unas persianas de esparto, pero su alto precio me disuadió. Suelen costar alrededor de 60 euros el metro cuadrado, un precio que se justifica al ser un producto artesanal, en el que se invierten horas de trabajo y para el cual se necesita una especialización. Hay que reivindicar el trabajo de los artesanos.









