
Contar con un trastero es una gran ventaja, pero hay saber optimizarlo y sobre todo, no dejar que los objetos que guardamos allí se conviertan en verdaderos trastos. Y es que la denominación de este espacio parece que nos condicionara a acumular objetos viejos e inservibles, cuando la verdad es que es un buen aliado para ayudar al funcionamiento del hogar.
El mío suele sufrir varias debacles anuales, coincidiendo con las Navidades, viajes, o limpiezas generales. La última fue como un tornado y el aspecto que ofrecía desanimaba a cualquiera a entrar a poner orden, pero me armé de valor y así lo hice. Esta es la crónica de una mañana de trabajo.
El primer paso es despejar el suelo en la medida de lo posible. El objetivo es tener estantes suficientes para almacenar sin que las cosas queden apiladas por el suelo. Para ello, sacamos al pasillo todo lo que se encuentra desperdigado y valoramos su utilidad.
Esta regla puede servirnos de ayuda: si hace más de dos años que no lo usamos, deshagámonos de él u ofrezcámoslo a otras personas. Para ser más efectivos hemos bajado aquí con los niveles de nostalgia muy bajos y con la idea clara de deshacernos de lo inútil.








