
No sé vosotros, pero en mi caso no fue hasta la semana pasada escuchando la radio cuando me empecé a plantear serias dudas sobre la causa de la muerte de Napoleón. En mi época estudiantil era dogma de fe que el depuesto emperador había muerto envenenado con arsénico por alguien muy cercano, algo que al parecer demostraba la gran concentración de este elemento que se había encontrando analizando los cabellos que algunos de sus seguidores habían conservado como recuerdo.
Pues no, ahora resulta que, según aseguraba el locutor, el responsable de la muerte de Napoleón no era sino el color verde del papel con que estaba revestida la mansión de la isla de Santa Elena, Longwood House, en la que permaneció exiliado durante seis años. Como comprenderéis me puse a investigar inmediatamente esta otra versión decorativa y, sí, a tenor de las numerosas opiniones vertidas, parece que hay bastante de razón en ella, por lo menos a mí me gustaría creerlo porque resulta una historia verdaderamente curiosa y divertida.


