
Lejos quedan los tiempos en que junto a los inodoros descansaba silente el célebre papel “El Elefante”, un papel higiénico de un color y textura similares al papel de embalaje, con el que realizábamos los gestos típicos de la higiene post-fecal. Luego llegó el papel suave, blanco y de doble o triple capa, que algunos rechazaban por no dar el sufrimiento necesario al cuerpo, pues hubo un tiempo en que sacrificarse y sufrir era lo más de lo más.
Ahora ya no solo hemos entendido que no vale de nada mortificarse, y que si hemos de estar limpios, mejor hacerlo entre caricias. Pero vivimos en un estado permanente de búsqueda, ya que algo tan básico como el papel higiénico se empieza a valorar no ya solo como una necesidad higiénica, sino que comienza a tener un valor añadido en la decoración del baño.
Hablando en primera persona, me parece innecesario combinar las tonalidades de los baños con el rollito de papel, pero como soy respetuosa con los gustos de los demás, dejaré de lado mis inclinaciones para dar paso a los papeles más fashión que nunca un trasero tuvo tan cerca.







