
Como diría Risto Mejide, soy un producto. Un producto de la especulación inmobiliaria, enfocado a colocar un espacio difícil de vender, a los más caprichosos de la clase media con posibles. Hace ya unos años que las constructoras se dieron cuenta de que era mucho más atractivo ofrecer un piso con jardín que un bajo con barrotes o un local comercial, que de estos todavía hay en el barrio muchos que ni siquiera han tirado los primeros ladrillos de la fachada.
Pero no me quiero poner solemne, que al fin y al cabo, estoy hecho para el disfrute y el solaz, ya sabéis: los niños jugando a la pelota, las barbacoas y esas cosas que nos hacen tan felices. Aunque ahora que estamos cogiendo confianza, os voy a contar un poco mi vida, que no es tan alegre como puede parecer desde fuera. Cuando era un bebé, apenas una escombrera, mi señora me escogió con mucha ilusión entre frases como: plantaré un olivo, cultivaré mis propios tomates, o tomaré el primer sol de la mañana. Todos los meses venía a ver la evolución de la obra, y era a mí al primero que miraba: 100 metros cuadrados de jardín para servirle.







Como siempre que llega el verano hay ciertas cosas de las que no podemos dejar de hablaros en decoesfera: jardines, terrazas, piscinas… y la gran protagonista de los encuentros familiares, la barbacoa. 




