
Hace un par de años me decidí a hacer un Belén dentro de una vieja caja de vinos, que en cada limpieza del trastero me suplicaba que no la tirara, bajo la promesa de que un día me sería útil. Y resultó ser cierto.
Todas las Navidades componía un pequeño nacimiento en una de las estanterías del salón, pero desde que mis gatos llegaron para dar más ternura a mi vida, el Belén se convirtió en un paisaje de guerra.
Varias veces al día se dedicaban a tirar las figuritas, revolver el serrín y cambiar de lugar el musgo artificial, por lo que estuve a punto de prescindir de él. Hasta que se me ocurrió crear un Belén fijo y plegable dentro del cual les fuera imposible entrar.













